Edadismo, prejuicio y maltrato. Artículo en Madrid en Acción num.33 (nov-dic 2025)
Edadismo, prejuicio y maltrato
MAREA DE RESIDENCIAS
Imaginemos que llega un bebé a un hospital con deshidratación, escaras, moratones… Y que un sanitario nos dice: «Es normal en los bebés que llegan de guarderías».
Nos parecería una barbaridad. Denunciaríamos, habría tertulias en TV… Grotesco, ¿no? No lo toleraríamos.
Cuando mi madre llegó a un hospital con las mismas heridas, escaras y cicatrices, eso fue lo que me dijeron: «Es normal, todos los que vienen de residencias vienen así. Como no les mueven y los tienen todo el día sentados… Tendrían que hacerles cambios posturales, pero no hay personal».
Lo dijeron sin mala intención, como si fuera un hecho inevitable.
«Es normal», repitieron… ¡Normal!
Y ese «es normal» debería dolernos. Denuncié. Como otras veces, cuando había denunciado moratones en la cara sin explicación… Y como otras veces, ¿lo archivarán?
«Los mayores tienen la piel muy delicada», dijeron los de la residencia. Y al juez le bastó.
La piel de un bebé también es delicada, pensé. ¿Le serviría esa misma explicación a un juez si un bebé apareciera con moratones en la cara?
El edadismo, esa forma de mirar la vejez como algo sin valor, se ha infiltrado tanto en nuestro ser que ya no nos damos cuenta de lo que hacemos.
Se dice que solo cuando uno «se da cuenta» puede cambiar.
Y quizá sea ese nuestro problema: no nos estamos dando cuenta, no queremos darnos cuenta.
Hemos normalizado cosas que, si las pensáramos…
— Que pasen horas con un pañal mojado porque no hay tiempo, no hay pañales… Y se tienen que aguantar.
— Que coman cualquier cosa sin preguntar si les gusta.
— Que estén sentados frente a una tele todo el día en torno a las cuatro paredes de una sala.
Se ha vuelto tan habitual que ni lo vemos.
El edadismo no siempre se nota porque no solo es producto de la crueldad, más bien de la indiferencia.
Está en frases como «ya a su edad…», «para lo que le queda…», «total, si no se entera». No se le escucha porque como «no se puede mantener una conversación». Para qué van a mirarla a los ojos, ver su sonrisa, sentir su dolor o su amor…
Se trata de residencias y de cómo pensamos la vejez; como una etapa donde ya no se desea, no se aprende, no se tiene voz. Hablan los hijos por ellos, cualquiera decide por ellos: la directora de la residencia, una juez, un fiscal…
Son nuestros padres y seremos nosotros en unos años.
Para cambiarlo hay que tomar conciencia y saber lo que hay, sin excusas, sin adornos. Lo que hay es un sistema que trata el envejecimiento como un trámite. Un sistema que gestiona cuerpos, no vidas. Que contabiliza horas y turnos, no afectos ni dignidad. Pero también hay una sociedad que mira hacia otro lado. Preferimos pensar que «en la residencia están bien», que «los profesionales hacen lo que pueden», que «es lo que toca a esa edad». Pero no, no es «lo que toca».
Lo que toca es seguir cuidando, con el mismo respeto con que fuimos cuidados.
Las instituciones fallan. Familiares y ciudadanos también. Hemos aprendido a ser edadistas, a no considerar importante lo que pasa con los mayores.
Si una niña llega a urgencias con una herida sospechosa, se investiga. Si llega una mujer mayor con una herida similar, se archiva. Esa diferencia dice mucho de lo que valoramos como sociedad. El sistema necesita leyes que protejan, pero también necesita una ciudadanía que no se resigne, que denuncie, que valore a las personas de cualquier edad.
La cadena del abandono empieza con un simple gesto: mirar hacia otro lado. Y se rompe también con otro gesto: mirar de frente.
A veces pienso en mi madre por las noches. En cómo ella se habrá levantado mil veces a cambiarme el pañal cuando yo era pequeña. Cómo lo haría sin quejarse, medio dormida, con la ternura automática de quien te quiere bien.
Y me pregunto: ¿cómo hemos llegado a aceptar que ella ahora tenga que esperar horas con un pañal mojado porque «no hay personal suficiente» o «no hay pañales suficientes»?
¿Cómo hemos podido permitir que el cuidado se rompa, con tanta indiferencia?
Si todo esto pasara con nuestros hijos, no lo toleraríamos. ¿Por qué lo hacemos cuando les pasa a nuestros padres?



